Finaliza el otoño, la habitación está un poco más vacía. Una ventana que separa lo familiar de lo desconocido se solidifica como la humedad en días en los que intentas ahuyentar el frío, y el tiempo comienza a ganar presencia. Aún no pesa, es una leve silueta, pero su contorno se dibuja salvajemente con vaho en el cristal. Telarañas y ramificaciones expanden la memoria hacia nuevas efemérides, dejando atrás la luna y el sol de diciembre.
Finaliza el otoño, y el solsticio de invierno enfría los momentos, los congela y los preserva, hasta que la erosión hace que se desvanezcan poco a poco. Hasta que los giros del sol acaban por quemar los colores y vuelve blanco aquello que brilló cual rojo fuego y azul mar. Y el eterno invierno, relativo, se vuelca sobre números y pálidas fotografías mentales. En todos aquellos lugares donde el corazón hallaba gozo encuentra un pozo escarchado de inquietudes e inseguridades, tapiado por la aceptación y el miedo al vacío que crece en su interior.
Finaliza el otoño, y el blanco invierno envuelve con un manto de oscuridad horizontes de recuerdos. Intentan brillar cual hoguera, pero solo quedan ascuas y nadie vuelca leña sobre un fuego casi extinto, rodeado de violetas jacarandas. Matar árboles con tal de seguir vivo, ahuyentar el frío en una noche iluminada por una luna cada vez más distante, casi herida. Refleja una luz tan gélida que congela hasta el corazón más esperanzado.
Ser el cristal, y los ríos de telaraña que lo surcan. Ser la hoguera que se desvanece en ascuas. Ser el final del otoño, y ser para siempre el solsticio de invierno. La separación del cristal en el corazón. El bosque en el exterior y el vacío de la habitación interior. Ser el tajo que rasgó la luna para siempre.
sábado, 22 de diciembre de 2018
jueves, 22 de noviembre de 2018
Winding woods
Momentáneamente existe un cielo gris en el exterior. También, momentáneamente, caen gotas de lluvia con un frenesí que desahoga un año sin tormentas. Y es momentáneamente que el ambiente se perfuma con peticor para traer a mi memoria fotogramas de una vida inacabada pero que de alguna manera se consumió hace tiempo.
Momentáneamente mi mirada se fija en la diagonal superior izquierda. Hacia esa dirección, momentáneamente, se yerguen tres edificios de pared blanca y ladrillo marrón, con un tejado chorreando bajo un cielo nublado cual röpelö. Momentáneamente la atmósfera se siente limpia y pura, como si un poco de agua, frío e iones pudiesen expulsar momentáneos años de suciedad en una ciudad moderna, y como si los problemas desapareciesen con cambios en el clima.
Momentáneamente suena una canción de fondo. Su momento dura cuatro minutos y treinta y tres segundos, y se compone de las gotas percutoras de un piano y la corriente rasgadora de un violín. Me transporta a puertos lejanos que nunca he visitado, me hace imaginar prendas de ropa empapadas y casi percibo el aroma a plantas oceánicas. Huele a mar y a sal, y a todo aquello que momentáneamente existió pero hace ya tiempo que sucedió.
Momentáneamente considero esta canción especial, porque la he escuchado decenas de veces y jamás consigo recordarla. Empapa mi corazón, acaricia mis recuerdos como el viento y forma lagunas en mi memoria, pero nunca soy capaz de predecir cómo caen sus notas, cómo fluye la melodía o cómo inunda los espacios vacíos. Sin ser capaz de anticipar que sus aguas me rodean como si de un bosque rojo sangre se tratase, y mi cuerpo se convierte en una frondosa Atlántida.
Momentáneamente existen cuatro minutos y treinta y tres segundos que jamás se repetirán pero se extenderán a través de distintos tiempos, hasta que mi hierro se oxide, mi tejido se deshilache y el sol seque cada gota que me conforma. Y cuando el viento me meza al mar, momentáneamente, casi cinco minutos habrán resonado por cincuenta años.
sábado, 20 de octubre de 2018
Dorothy and the rainbow
Eloi, lama sabachthani?
Es gris y azul. Es construirse y destruirse en repetición. Es no saber quién eres desde finales de verano y saber que no volverás a saberlo nunca más. Es escribir una y otra vez intentando expresar el vacío que te embarga, pero percatarte de que no hay palabras en ningún idioma para hacerlo. Es ser la tormenta gris y el cielo azul al mismo tiempo, pero ser consciente de que las nubes están cada vez más presentes. Es perder tanto la fe que te planteas creer en Dios.
Es encontrarse de nuevo en la tempestad e intentar capear el temporal. Es navegar a otras orillas donde el mar es piadoso y el viento canta en vez de gritar, pero solo vas a la deriva. Es saber que llegados a este punto dejas de buscar. Es dejarse llevar por las aguas con la esperanza de acabar en un lugar mejor, pero solo te rodea mar y hace ya tiempo que dejaste de ver tierra firme.
Es que tu corazón adopte el papel del prisma que refracta la luz. Es que entre por tu exterior y proyecte colores a tu interior, pero se pierden en algún lugar entre las cuatros estaciones que habitan en tus rincones. Es que sus colores visiten a la primavera y al verano, pero tú solo reflejas el blanco invierno, y hace tiempo que perdiste el otoño. Es la esperanza de que esos colores formen un arcoiris en la tormenta implacable.
Son tonos pálidos en septiembre y octubre. Son canciones nuevas como viejas punzadas en el corazón, porque cada línea está escrita en libretas escondidas dentro de cajones polvorientos. Es que tu cabeza tenga incontables partes y no saber a cuál hacerle caso, o si quiera si alguna lleva razón. Es una mirada perdida como el verde de los árboles a finales de verano. Es un movimiento imparable hacia adelante, pero todos los caminos se abren en círculos concéntricos. Es comprender que al igual que en el mundo exterior, todo tiene lugar en tu mundo interior.
Es entender que una persona no es capaz de controlar un planeta, ni siquiera cuando habita en sus entrañas. Es perder tanto la fe que te planteas ser tu propio dios. Es descartar la opción porque en el fondo tienes la esperanza de que un universo se extienda entre tus distancias, más allá de estaciones, mundos y colores. Más allá de mente y corazón, donde el arcoiris y la tormenta conforman nuevas dimensiones.
Es gris y azul. Es construirse y destruirse en repetición. Es no saber quién eres desde finales de verano y saber que no volverás a saberlo nunca más. Es escribir una y otra vez intentando expresar el vacío que te embarga, pero percatarte de que no hay palabras en ningún idioma para hacerlo. Es ser la tormenta gris y el cielo azul al mismo tiempo, pero ser consciente de que las nubes están cada vez más presentes. Es perder tanto la fe que te planteas creer en Dios.
Es encontrarse de nuevo en la tempestad e intentar capear el temporal. Es navegar a otras orillas donde el mar es piadoso y el viento canta en vez de gritar, pero solo vas a la deriva. Es saber que llegados a este punto dejas de buscar. Es dejarse llevar por las aguas con la esperanza de acabar en un lugar mejor, pero solo te rodea mar y hace ya tiempo que dejaste de ver tierra firme.
Es que tu corazón adopte el papel del prisma que refracta la luz. Es que entre por tu exterior y proyecte colores a tu interior, pero se pierden en algún lugar entre las cuatros estaciones que habitan en tus rincones. Es que sus colores visiten a la primavera y al verano, pero tú solo reflejas el blanco invierno, y hace tiempo que perdiste el otoño. Es la esperanza de que esos colores formen un arcoiris en la tormenta implacable.
Son tonos pálidos en septiembre y octubre. Son canciones nuevas como viejas punzadas en el corazón, porque cada línea está escrita en libretas escondidas dentro de cajones polvorientos. Es que tu cabeza tenga incontables partes y no saber a cuál hacerle caso, o si quiera si alguna lleva razón. Es una mirada perdida como el verde de los árboles a finales de verano. Es un movimiento imparable hacia adelante, pero todos los caminos se abren en círculos concéntricos. Es comprender que al igual que en el mundo exterior, todo tiene lugar en tu mundo interior.
Es entender que una persona no es capaz de controlar un planeta, ni siquiera cuando habita en sus entrañas. Es perder tanto la fe que te planteas ser tu propio dios. Es descartar la opción porque en el fondo tienes la esperanza de que un universo se extienda entre tus distancias, más allá de estaciones, mundos y colores. Más allá de mente y corazón, donde el arcoiris y la tormenta conforman nuevas dimensiones.
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