Finaliza el otoño, la habitación está un poco más vacía. Una ventana que separa lo familiar de lo desconocido se solidifica como la humedad en días en los que intentas ahuyentar el frío, y el tiempo comienza a ganar presencia. Aún no pesa, es una leve silueta, pero su contorno se dibuja salvajemente con vaho en el cristal. Telarañas y ramificaciones expanden la memoria hacia nuevas efemérides, dejando atrás la luna y el sol de diciembre.
Finaliza el otoño, y el solsticio de invierno enfría los momentos, los congela y los preserva, hasta que la erosión hace que se desvanezcan poco a poco. Hasta que los giros del sol acaban por quemar los colores y vuelve blanco aquello que brilló cual rojo fuego y azul mar. Y el eterno invierno, relativo, se vuelca sobre números y pálidas fotografías mentales. En todos aquellos lugares donde el corazón hallaba gozo encuentra un pozo escarchado de inquietudes e inseguridades, tapiado por la aceptación y el miedo al vacío que crece en su interior.
Finaliza el otoño, y el blanco invierno envuelve con un manto de oscuridad horizontes de recuerdos. Intentan brillar cual hoguera, pero solo quedan ascuas y nadie vuelca leña sobre un fuego casi extinto, rodeado de violetas jacarandas. Matar árboles con tal de seguir vivo, ahuyentar el frío en una noche iluminada por una luna cada vez más distante, casi herida. Refleja una luz tan gélida que congela hasta el corazón más esperanzado.
Ser el cristal, y los ríos de telaraña que lo surcan. Ser la hoguera que se desvanece en ascuas. Ser el final del otoño, y ser para siempre el solsticio de invierno. La separación del cristal en el corazón. El bosque en el exterior y el vacío de la habitación interior. Ser el tajo que rasgó la luna para siempre.