Momentáneamente mi mirada se fija en la diagonal superior izquierda. Hacia esa dirección, momentáneamente, se yerguen tres edificios de pared blanca y ladrillo marrón, con un tejado chorreando bajo un cielo nublado cual röpelö. Momentáneamente la atmósfera se siente limpia y pura, como si un poco de agua, frío e iones pudiesen expulsar momentáneos años de suciedad en una ciudad moderna, y como si los problemas desapareciesen con cambios en el clima.
Momentáneamente suena una canción de fondo. Su momento dura cuatro minutos y treinta y tres segundos, y se compone de las gotas percutoras de un piano y la corriente rasgadora de un violín. Me transporta a puertos lejanos que nunca he visitado, me hace imaginar prendas de ropa empapadas y casi percibo el aroma a plantas oceánicas. Huele a mar y a sal, y a todo aquello que momentáneamente existió pero hace ya tiempo que sucedió.
Momentáneamente considero esta canción especial, porque la he escuchado decenas de veces y jamás consigo recordarla. Empapa mi corazón, acaricia mis recuerdos como el viento y forma lagunas en mi memoria, pero nunca soy capaz de predecir cómo caen sus notas, cómo fluye la melodía o cómo inunda los espacios vacíos. Sin ser capaz de anticipar que sus aguas me rodean como si de un bosque rojo sangre se tratase, y mi cuerpo se convierte en una frondosa Atlántida.
Momentáneamente existen cuatro minutos y treinta y tres segundos que jamás se repetirán pero se extenderán a través de distintos tiempos, hasta que mi hierro se oxide, mi tejido se deshilache y el sol seque cada gota que me conforma. Y cuando el viento me meza al mar, momentáneamente, casi cinco minutos habrán resonado por cincuenta años.